La forma de comunicarnos ha cambiado drásticamente desde la década de 2000. El modo de entendernos, la inmediatez y la cantidad de información que recibimos ha evolucionado de formas antes inimaginables.
MySpace y Linkedin en 2003, Facebook en 2004 y luego Youtube (2005), Twitter (2006) e Instagram (2010), más la llegada del iPhone en 2007, cambiaron el paradigma sobre la forma en la que se crea y comparte contenido. A partir de entonces cualquier persona tiene al alcance de la mano la capacidad de convertirse en creador de contenido.
Y con las múltiples ventajas que tiene la tecnología, llegaron algunos problemas. Muchos de ellos afectan, cómo no, a los más vulnerables: los menores de edad.
Sharenting, más allá de la inocencia
Es un anglicismo formado por las palabras share (compartiir) y parenting (paternidad). Las redes sociales han facilitado a los padres y cuidadores mostrar lo orgullosos que se sienten de sus hijos y los menores a su cargo. No es mala idea, en sí misma, incluso podríamos decir que es natural y loable. Además, cada padre, madre, es libre de hacer lo que más conviene a sus hijos, y no se trata de regular lo que uno hace en el entorno familiar. Pero sí es oportuno hacerse algunas preguntas:
- ¿Realmente aporta este contenido más allá de mi ámbito familiar?
- ¿Pienso en la repercusión que puede tener esa fotografía o vídeo dentro de unos años?
- Si valoro la intimidad y privacidad, ¿no es una contradicción mostrar estas imágenes?
- ¿Saben mi hijo o mi hija que están siendo expuestos? ¿Al menos les pregunto o informo?
- ¿Esas imágenes dan más información, como lugares localizables u otros datos?
- ¿Soy consciente de que los hijos tienen también sus derechos?
Esta práctica tan extendida y normalizada no es tan inocente como parece, tiene riesgos sobre la privacidad y la protección de los menores. Y es que, aunque nos gustaría que todo el mundo viera a nuestros hijos con los mismos ojos de satisfacción que sus padres, no podemos controlar cómo miran los demás ni hasta dónde podría llegar una imagen en la red.
En julio de este año la Policía Nacional en España advertía sobre los riesgos de esta práctica. El 72% del material incautado a pedófilos, según esa fuente, provenía de imágenes cotidianas no sexualizadas obtenidas de menores en las redes sociales. Imágenes que en la mayoría de los casos han subido sus propios padres.
En días pasados, se ha viralizado un vídeo de la Comisión de Protección de Datos (DPC) de Irlanda que nos hace reflexionar una vez más sobre este tema. Puedes verlo aquí.
¿Y qué tiene que ver con la pornografía?
El aumento del consumo de pornografía y el fácil acceso a los móviles a edades cada vez más tempranas, más el desarrollo de la inteligencia artificial y la sensación de impunidad al generar deepfakes, otro anglicismo para referirse a las imágenes (en audio, foto o vídeo), que han sido manipuladas con IA, ha hecho que proliferen en la red imágenes de contenido sexual explícto vulnerando la privacidad y la imagen de otras personas, entre ellas, menores de edad.
Un artículo de The Guardian publicado este mes que habla sobre una encuesta encargada por la Policía de Reino Unido, señala que un 21% de los encuestados dice haber visto material sexual deepfake de alguien que no conocía, y un 14% señala haber visto material sexual deepfake de alguien que conocía. El perfil tienden a ser hombres jóvenes (menores de 45 años), consumidores de pornografía online, con actitudes hacia la IA positivas.
No se trata, en fin, de crear falsas alarmas ni ver depredadores o delincuentes detrás de cada esquina. Tiene más que ver con el sentido común y la prudencia. Además, una última idea: ¿no es mejor que nos vean más alejados a nosotros mismos de los móviles y las redes, y dar así ejemplo para su futuro desarrollo?
Referencias:


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