Quien se atreve a hablar de sus propios demonios (traumas) y de reconocer sus propias adicciones (vacíos), es quien más se conoce a sí mismo, y a la vez, es quien no tuvo las herramientas correctas para valorar su propia vida, para pedir ayuda a tiempo, para escapar de la cárcel emocional, y para no tocar el fondo que muchos tocamos en medio de arrepentimiento y las heridas. Este es el viaje al fondo de mi vida, a un testimonio real, doliente, sobre mi adicción temprana y solitaria a un demonio muy conocido en la actualidad llamado pornografía.
Soy hombre, soy colombiano, soy hijo, soy hermano, soy psicólogo, soy migrante. Tengo 33 años y quiero contarles mi historia, quiero hacer esa catarsis con mis palabras, quiero ir atrás, reconocer el dolor, identificar el vacío y controlar mi adicción.
Desde niño fui un solitario empedernido, no me asustaba la soledad, crecí sin hermanos de mi edad a mi lado y las mascotas que tuvimos se fueron muriendo. Era la época de la radio, del teléfono fijo, del televisor con antena, aunque en mi casa solo había lo primero, un viejo equipo de sonido en el que se ponían los éxitos de Camilo Sesto, como Fresa Salvaje y Melina, que aún resuenan en mi mente y cuando los escucho con el corazón se me salen algunas lágrimas de nostalgia, como ahora mismo…
Llegó un momento en el que tocaron a la puerta los problemas y la violencia. Los dejamos entrar como si fueran de la familia, y me fui familiarizando con ellos; uno de ellos fue la adicción a los juegos de casino de mi padre cuando yo tenía 9 años, quien empezó a perderlo todo y luego a robarnos todo lo de la casa para satisfacer sus placeres, su ludopatía, hasta quedarnos en la calle, sin lugar donde vivir o con qué comer. A mi hermana le llegó el refugió del alcoholismo y la rumba a sus 18 años, a mi hermano el de la droga blanca y la violencia a sus 16 años; mientras mi madre iba de casa en casa haciendo limpiezas. Así empieza mi relación con las adicciones, ya que era ‘normal’ en la familia y en la vida.
De la violencia intrafamiliar desde mis 9 años me salvaron mis amigos de la cuadra, el juego, la bicicleta y la televisión de los 90s y principios del 2000. De la separación de mis padres y de la familia a los 14 años, me salvaron los videojuegos, las cartas de amor, la música. De los intentos suicidas a los 23 años viviendo solo, me salvaron los libros y mi mejor y único amigo R. Del exilio involuntario de este momento me está salvando trabajar en mi espiritualidad, mi estudio, mi autoconocimiento, mi psicoterapia… y hasta esta carta.
Pero de la soledad, del conflicto, del miedo hacia mi padre llegando ebrio a casa a violentarnos, del abandono, de la tristeza, de los traumas, de la sangre vista en el piso, y del dolor de toda mi niñez, mi adolescencia y juventud, me salvó la adicción a la masturbación, al tabaco, al sexo y finalmente a la pornografía.
¿En qué momento empezó?
Fueron muchos años refugiado en la compañía de mí mismo, pero sin amar y valorar mi salud, mi bienestar, mi vida, mi tiempo, mi adolescencia. Empecé desde los 11 años a tener masturbaciones, tal vez, primero por simple curiosidad y exploración de cuerpo, luego por algo instintivo y hormonal de la edad, después, desde la imaginación a alguna mujer cercana o conocida, luego viendo algunas revistas pornográficas que había escondidas en casa que aún ni sé de quién eran. Con los avances del mundo llegó la televisión y el cine, se empieza curiosear mucho más y los cuerpos femeninos eras más visibles para nosotros, y hasta en las portadas de los cuadernos estudiantiles salían modelos seductoras y famosas.
Hacia el año 2007 la pornografía empieza a exhibirse mucho más, ya se comercializaba entre películas en DVDs o entre algunos videos cortos en los primeros celulares. Llegan más avances y aparece internet abierto, de fácil acceso, de rentar por horas en los ‘‘Café Internet’’, o en alguna casa cercana, y empieza la época del Hi5, del MySpace, de la exhibición virtual.
Avanza la tecnología y los teléfonos permiten más y más contenido explicito, gratis, variado, fácil, rápido, a todo un mundo de Internet con miles de páginas porno gratis e infinitas. Desde casa, me refugiada en una vieja práctica conocida llamada: ‘Doña Pornografía’, porque ya era tan madura, responsable y adulta como yo -o eso me creía-, ya era segura, confiable y no me hacía ‘ningún daño’, todo lo contrario; le daba placer a mi dolor, tapaba mis heridas, llenaba mis vacíos, y ocultaba mi soledad y ensimismamiento.
Pasaron muchos años y cuando tenía 29 estuve atrapado en buscar sexo, en pagar sexo, en pensar solo en sexo, en hablar solo de sexo, en vivir para el sexo, como fuera, donde fuera, con quien fuera, cuanto valiera, tal vez, alguna práctica extrema realizada, fue haber tenido encuentros sexuales con cuatro mujeres diferentes en la misma semana y sin preservativos, o haber participado de un encuentro sexual grupal con desconocidos… Consumía pornografía casi todos los días, antes de dormir, o todo un fin de semana, veía todo tipo de contenido, de cualquier modelo, de cualquier raza o país, de cualquier tipo de cuerpo o edad. Eso sí, nunca fui consumidor ni era capaz de ver, pornografía infantil o al sexo violento, abusivo, extremo.
Pensaba en que tenía sobrinas, familiares menores de edad, o hasta en una futura hija, en tantas mujeres abusadas en el campo por las guerrillas, en las guerras, en las calles, en las víctimas mortales de las violaciones.
Pasé por fracasos amorosos debido a mi falta de amor propio, a mi necesidad de satisfacer sólo mis propios deseos y no tener empatía emocional, tal vez, una consecuencia de no necesitar el contacto humano ni ningún vínculo afectivo real ya que el placer malicioso de la pornografía nos inhibe hasta de emociones y sentimientos, tuve problemas de erección debido a la falta de estímulos virtuales que mi cuerpo y mis sentidos estaban acostumbrados, y otras veces eyaculación tardía o aneyaculación debido a la mismas causas, teniendo sexo durante horas sin llegar a la eyaculación aún deseando culminar, provocando cansancio en mis parejas, que me preguntaban por qué no estaba satisfecho con ellas o pensaban que yo tenía otras mujeres con quienes si lograría satisfacerme plenamente.
Otras de las consecuencias fue verme sumergido en enfermedades de transmisión sexual de alto riesgo, por el deseo incontrolable de estar rodeado de pornografía y sexo -una cosa siempre lleva a la otra y aplica para todo en la vida, tanto para lo bueno, como para lo malo-, un mundo en donde cada vez tu cerebro y tu cuerpo quieren más y más, video tras video, acto tras acto, orgasmo tras orgasmo, cuerpo tras cuerpo, adicción tras adicción, tu cuerpo nunca va a quedar satisfecho así te estés muriendo en vida, y te encuentres en la ruina, desde que no hagas consciencia y levantes la cabeza, enfrentes el vacío, el dolor, y valores tu vida de verdad, perderás el control de tu vida, de tu salud, de tu cuerpo, de tu mente, de tus valores, de tu carrera, de tu destino; espero que ese día no sea muy tarde para quienes estén leyendo estas palabras y estén en ese mundo, o en cualquier ‘‘mundo de la adicción y la dependencia incontrolable’’.
Ahora llevo más de nueve meses sin ver un ‘catálogo virtual’ de mujeres en venta, de imágenes de explotación sexual. También, he evitado la masturbación habitual y llevo casi dos años sin un encuentro sexual físico. Pienso que llegará cuando deba llegar, en el momento y con la persona correcta. No tengo prisa ni dependencia en ello.
¿Cómo lo hice?
En algún momento de mi vida, haces unos meses, empecé a despertar la consciencia, a escuchar mi propio cuerpo, a empezar a tomar el control de mi propia vida, a ver material educativo, a observar consciente mi pasado, a leer estudios sobre las adicciones, a buscar organizaciones como Dale Una Vuelta, a detenerme a pensar ¿hacia dónde iba mi vida si seguía así?, ¿en qué me iba a convertir o cómo sería el final de mi vida en esas condiciones? Me di cuenta que soñaba con casarme, tener un hogar, una familia, ser un buen hombre, un buen hijo, ayudar a muchas personas a salir de situaciones extremas de adicción, a vivir de verdad el tiempo que me quede de vida.
El camino no fue fácil, ni de magia espiritual, ni asistí a reuniones grupales anónimas, fueron muchas las veces que caí, duraba algunos pocos días, y volvía a ganarme la tentación y visitaba las páginas pornográficas de nuevo. Volvía y juraba no volver a hacerlo, hasta que escuché una entrevista sobre el poder de los hábitos diarios, que eran los que definían tu vida, más que tu inteligencia, tus títulos o tu riqueza. La importancia del hoy, de que no controlas el ayer ni el mañana… Y escribí mi lista:
Cero pantallas después de las 10 pm… N° Días: 1, 2, 3, 4, 5… 21 (Nivel 2) Día: 1, 2, 3, 12, …
Media hora de cardio…
Media hora de piano…
Media hora de inglés…
No ofender a nadie con mis palabras…
Meditar cada mañana…
Agradecer por algo que haya a tu alrededor…
No ver material pornográfico… # Días 1, 2, 3, 4…
Aunque se haya convertido en una moda, empecé por el popular ‘‘reto de los 21 días’’, luego me gradué y pasé al nivel 2 de 44 días, luego al nivel 3 de 66 días y me premiaba comprando galletas favoritas o alguna comida fuera de casa, como método de recompensa… aunque a veces recaía.
Por alguna razón -inconsciente- nunca comenté mi proceso con nadie, ni lograba aceptar mi adicción desmedida, o mis comportamientos salvajes y carentes de afecto hacia mis parejas, tampoco busqué ayuda profesional, por supuesto, me hubiese salvado de muchas cosas y de muchas consecuencias en mi vida, si hubiese conocido todas los daños de esta adicción, si hubiese llegado antes a Dale una Vuelta y haber alzado la mano, me hubiese evitado fracasos, lágrimas, enfermedades, arrepentimientos, tiempo perdido, problemas sexuales y trastornos psicológicos…
¿Ya estoy curado?
Nunca diré que me curé de una adicción que sigue estando dentro de mí: controlada y bajo llave, eso sí, pero sigue estando allá abajo en la memoria, o que jamás volveré a ver pornografía, sería un total mentiroso y desconocedor de mi propia profesión, pues cuando una adicción se ha radicado mucho tiempo en nuestro cerebro, se crean vías neuronales o ‘carreteras’ de conexión neuronal, y el cerebro como el cuerpo, tiene memoria, así como no se puede eliminar un recuerdo de tu mente como eliminar una foto de tu teléfono móvil, o eliminar un episodio traumático de tu cerebro, no puedes eliminar del todo una adicción, porque una vez vuelves a probar esa adición, automáticamente tu cerebro la reconoce, y te pedirá más y más.
Mi método es sencillo, vivo el día a día, programo mi mente, controlo mis impulsos de placer con otras actividades, alimento mis buenos hábitos diarios, sigo con mi registro diario en mis hojas, y cada día me digo: hoy no consumo pornografía; tal vez mañana, pero hoy no.
Por tanto, no me he curado, soy un “adicto inactivo” y lo seguiré siendo, porque una parte de mi cerebro sigue siendo adicta, impulsiva, soy un niño herido y solitario, un adolescente perdido y confundido, un adulto insensible… con la diferencia que esta vez los miro a los ojos, los abrazo, los acepto, los acompaño en su proceso, y como persona y profesional los oriento.
Gracias a quien haya leído este relato. Espero que ayude en algo a usted, a un familiar o a quien conozca necesitado.
Un reconocimiento a quienes están controlando día a día estas adicciones peligrosas, a quienes nos aportan enseñanzas para seguir adelante, a quienes crean estos espacios de compartir historias y testimonios para saber que no estamos solos, que no están solos quienes son víctimas de la industria pornográfica.
Gracias también a Dale Una Vuelta por darme este espacio, por recibir mis palabras y permitir compartir mi testimonio, volver al pasado, al fondo, pero acompañado por ellos, con armaduras, con herramientas, con preparación, con todo el material y apoyo que brindan a su comunidad, con la excelente ayuda profesional que brindan a tantas personas que están envueltas en esos peligrosos caminos.
‘‘Antes de convertirte en quien serás, tendrás que enterrar a quien fuiste.
Eso duele. Eso desorienta. Eso se siente como perderlo todo.
Y sin embargo… eso es exactamente el precio de llegar a ser.’’
Brianna Wiest


Gracias por contar tú historia y animarnos a ver la luz al final del túnel. Enhorabuena por tu esfuerzo, sigue así.