Con frecuencia nos llegan mensajes de mujeres, cuyas parejas tienen un consumo frecuente de pornografía. Por este motivo, hace unos años iniciamos el Proyecto Nosotras, en el que buscamos acompañar, escuchar, ofrecer programas de ayuda, etc. Es preciso seguir dando visibilidad a esta realidad, también para que se compruebe que cualquier consumo de pornografía puede dejar una huella profunda en el entorno más cercano, sin necesidad de que ese contenido sea extremo ni especialmente violento. Aquí dejamos un ejemplo.
Quiero compartirte mi historia, porque quizá puede tener que ver contigo y así recordarte que no estás sola.
Llevo 7 años con mi pareja. Al cumplir un año juntos, me confesó que consumía pornografía y que eso estaba afectando a su vida, su manera de verme y la relación que teníamos. Me decía que me amaba y que no quería que nuestra historia terminara por culpa de esa adicción.
Durante mucho tiempo intenté ayudarlo. Él buscaba en mí un espacio para ser escuchado, para desahogarse, pero para mí resultaba muy doloroso escuchar sus pensamientos y la manera en que se veía a sí mismo. Su autoestima y sus sueños parecían apagados, como si la pornografía hubiera invadido cada rincón de su vida. Yo no sabía qué hacer: quería apoyarlo, pero también me estaba lastimando.
Me dolía profundamente porque no entendía por qué necesitaba mirar a otras mujeres si yo me consideraba bonita. Empecé a sentirme insuficiente, a compararme, y mi autoestima también se fue debilitando. Recuerdo que muchas veces me decía que me veía “de otra forma” y que no entendía lo que pasaba en su mente. Yo intentaba ayudarlo, pero nada parecía funcionar; sus pensamientos seguían ahí y yo cada vez me sentía más desilusionada, sin salida.
En varias ocasiones, cuando nos veíamos, me confesaba que había vuelto a consumir pornografía. Decía sentirse muy mal por seguir haciéndolo. Y aunque me dolía escucharlo, prefería la verdad, porque las mentiras hieren mucho más. Siempre le pedía sinceridad, porque necesitaba entender lo que vivía para que juntos pudiéramos buscar una solución.
Pero el tiempo pasaba y su adicción continuaba. Yo ya no me sentía bien. No quería una relación así, no quería resignarme a vivir en ese ciclo. Sentía que merecía algo mejor, que no valía la pena desgastarme en algo que tal vez no tendría solución. Entonces, un día le dije:—«Quiero que busques ayuda profesional. No quiero que nuestra relación continúe así, no quiero seguir sufriendo».
Él aceptó y buscó apoyo psicológico. Al inicio no fue fácil, porque el profesional que lo atendió no tenía suficiente conocimiento en el tema. En ese proceso, yo también empecé a investigar hasta que encontré el programa de Dale Una Vuelta. Gracias a eso, pudo dar con un psicólogo especializado en adicciones de este tipo. Hoy, aunque todavía quedan algunas secuelas, ha superado gran parte del problema. Lo más importante fue que él quisiera recibir ayuda y encontrara a alguien que realmente comprendiera lo que vivía. Aún continúa con acompañamiento psicológico en Dale Una Vuelta.
En mi caso, también busqué apoyo. Perdonar no fue sencillo, sanar mi corazón me tomó tiempo. Pero poco a poco entendí que yo era suficiente, que mi cuerpo era valioso y que la validación de mi ser dependía de mí, de lo que yo me reconociera, no de lo que él o cualquier otra persona pudiera pensar. Aprendí a invertir más en mi salud mental, en mi autoestima, en amar cada detalle de mi cuerpo. Comprendí que el problema nunca había sido yo: era él, era su adicción, y necesitaba un tratamiento adecuado. Y aunque muchas veces me sentí en medio de la tormenta, dentro de mí siempre permaneció la esperanza. La esperanza de que las cosas podían mejorar… y así fue.
Lo que me permitió continuar con él fue el amor y la compasión. Él no era plenamente consciente del daño que le traería la pornografía, porque había empezado a consumirla desde la adolescencia. Comprender su historia y ver sus ganas de superar la adicción me ayudó a mirarlo con amor y a perdonarlo.
Aunque perdonar no es fácil, tampoco rápido ni sencillo, aprendí que el perdón es un acto de amor. Y no hablo de un amor romántico perfecto, hablo de un amor que duele, que se tambalea, que pasa por la rabia, la decepción y las ganas de salir corriendo. Porque perdonar no fue cerrar los ojos y hacer como si nada hubiera pasado, fue enfrentarme a mis miedos, a mis inseguridades y al dolor que la situación me causó.
Aun así, entendí que cuando en una pareja hay amor verdadero y disposición de ambos, sí se puede salir adelante. No es automático, no es un camino recto, pero es posible. Perdonar fue elegir darle otra oportunidad a la relación, pero también dármela a mí: la oportunidad de sanar, de soltar resentimientos y de no cargar más con un dolor que me estaba consumiendo.
Como dice la autora Elvira Sastre: “el dolor del alma solo se cura con el perdón”. Y hoy lo confirmo: cuesta, duele y se tarda, pero cuando hay compromiso real, el perdón abre caminos que el rencor nunca permite ver.


¡Hola! El consumo de pornografía muchas veces está relacionado con la adicción a las pantallas. Quería comunicar que hemos abierto el primer grupo presencial en España de Adictos a Internet y la Tecnología Anónimos (ITAA), en concreto en Madrid:
https://internetaddictsanonymous.org/es/reuniones-locales-de-internet-sobre-adicciones/spain-madrid/
Empezamos las reuniones el 2 de octubre.
Dale una vuelta! 😉
Muy interesante!! Daremos difusión, por supuesto. Cualquier ayuda siempre es una gran iniciativa.
Un saludo.