A los 12 años vi pornografía por primera vez de forma accidental. A partir de ese momento empecé a buscarla por mi cuenta y, con el tiempo, se convirtió en una adicción, aunque yo no era consciente de ello. Al fin y al cabo, solo era un niño. En aquella época ya existían ordenadores con acceso a internet, y la posibilidad de ver una cantidad prácticamente infinita de pornografía estaba a tan solo un clic de distancia. Además, apenas había información sobre los posibles efectos de su consumo, y en ningún sitio se advertía de que pudiera ser perjudicial. Se hablaba de los peligros de las drogas, el alcohol o el tabaco, pero no del porno.
Durante los años siguientes empecé a desarrollar comportamientos adictivos o compulsivos: aislamiento social, ansiedad social, falta de motivación y de energía, problemas de autoestima, aumento de la irritabilidad y una pérdida progresiva de interés por relacionarme de forma sana con mujeres reales. En otras palabras, el consumo de pornografía fue deteriorando mi bienestar psicológico y mi capacidad de relacionarme con normalidad. Sin embargo, yo no sabía que aquello podía estar relacionado con el porno; pensaba, erróneamente, que simplemente “yo era así”.
Si un niño de 12 años tiene un acceso tan fácil a la pornografía y termina desarrollando una adicción, cabe preguntarse: ¿es realmente culpa suya o de la sociedad que lo permite?
Cuando tenía 27 años empezaron a aparecer en YouTube vídeos que alertaban sobre los posibles efectos negativos del consumo de pornografía. Desgraciadamente, para entonces yo sentía que ya era demasiado tarde, porque ya tenía secuelas mentales e incluso físicas. Como ocurre con muchas adicciones, el consumo inicial dejó de ser suficiente y acabé cruzando ciertos límites. Me hice daño a mí mismo y eso me dejó secuelas que hoy me hacen sentir muy inseguro con mi propio cuerpo.
Desde los 27 años he conseguido reducir el consumo casi a cero, aunque no he logrado dejar la adicción por completo. Ahora que mi mente está algo más clara y racional, me cuesta creer que haya llegado a desperdiciar tantos años de mi vida o a hacer cosas que hoy me resultan difíciles de comprender. Pero también entiendo que mi forma de pensar entonces no era la misma: mi mente estaba condicionada por la adicción.
Hoy, con 32 años, estoy sin pareja y sin hijos. Sufro crisis de ansiedad, un profundo sentimiento de vacío por no haber cumplido ciertos objetivos vitales, un arrepentimiento intenso por las decisiones que tomé y por el daño que me causé a mí mismo, además de una gran rabia por todo lo que siento que he perdido. Tengo la sensación de que los mejores años de mi vida se han ido y de que también he perdido la oportunidad de tener a mi lado a una mujer a la que amar profundamente.
Como he mencionado antes, llevo intentando dejar el consumo de pornografía desde los 27 años, pero sigo teniendo recaídas. Cuando recaigo, los efectos son claros: pérdida de apetito, insomnio, ansiedad y una profunda sensación de vacío interior. A veces me pregunto si esos síntomas no son similares a los que provoca una droga.
En cierto modo siento que mi vida se ha visto dañada de una forma parecida a la de muchas personas que en la década de los 80 terminaron destruyendo su vida con las drogas porque en aquel momento se consideraban algo “moderno” o “atractivo”. En mi caso, ha sido una adicción inconsciente al porno la que ha tenido un impacto muy negativo en mi vida, y es algo que me produce una gran frustración.
En mi opinión, una buena sociedad es aquella que ayuda a cada ser humano a desarrollar lo mejor de sí mismo. Por el contrario, una sociedad que permite que los niños crezcan con acceso ilimitado a contenidos que pueden perjudicarles —como la pornografía u otras formas de consumo digital excesivo— está fallando en su responsabilidad de protegerlos. Una sociedad que normaliza ese tipo de dinámicas corre el riesgo de causar un daño profundo a las personas.
A menudo me pregunto cómo habría sido mi vida en un mundo sin pantallas. Probablemente habría dedicado mi energía a vivir experiencias reales, a relacionarme más con otras personas y a desarrollar mi vida de una manera más plena. La vida real no está en una pantalla; la vida real siempre está fuera de ella. Sin embargo, pertenezco a una de las primeras generaciones de la historia que ha crecido rodeada de pantallas, y eso ha marcado profundamente nuestra forma de vivir.


0 comentarios